Yo, veinticinco años después, frente al portón marrón. Nerviosa, toqué el timbre. Esperé unos minutos. Insistí. No hubo respuesta. Me asomé por el resquicio de la puerta intentando ver dentro. Todo estaba oscuro. Las enormes ventanas de la casa de mi infancia, que formaban la fachada junto al portón, habían sido tapadas por una horrible pared azul. Y yo quería entrar al patio rojo de esa casa.

Me separaban de ese patio muchos años, pero me acercaban los recuerdos de mi infancia. Ese lugar fue mi refugio y yo lo estaba buscando desesperadamente.

Por eso regresé la semana siguiente. Toqué el timbre varias veces, pero corrí la misma suerte. La casa vacía. Caminé sin éxito por mi viejo barrio buscando una cara conocida. Toqué la puerta de la casa vecina donde vivieron dos entrañables amigas de la chiquititud. Ellas ya no estaban. Sí un señor desconocido y poco amable que me atendió desde la ventana de la planta superior. Me contó escuetamente que el propietario de la que fue mi casa iba solo algunas noches.

Decidí dejarle un mensaje por debajo de la puerta. Arranqué un papel de mi agenda y escribí lo siguiente: “Estimado señor X, mi nombre es Zeu. Este mensaje debe parecerle extraño. Déjeme explicarle. Viví 14 años de mi vida en la que hoy es su casa. Quisiera entrar al patio trasero. Es muy importante para mí. Por favor, comuníquese conmigo al siguiente teléfono. Se lo agradeceré infinitamente (son solo recuerdos), Z”.

Esos recuerdos llegaron casi en ese momento como una avalancha. El piso rojo de cemento pulido con ocre brilloso. Mi mamá lustrando con la Electrolux de tres escobillones. El olor de la cera. La lavadora, un armatoste gigante que solo un técnico podía armar y desarmar, y que fue la casa de un ratón. El jardín pequeño que yo recuerdo inmenso. El árbol de nísperos, pequeño también, pero que para mí era frondoso, con unos frutos que seguro eran ácidos mas yo recuerdo dulces. Las moras que caían de un árbol vecino y que sabían a todo. Mis hermanos y yo jugando hasta que oscurecía y se prendía una luz fosforescente verde. Los entierros de nuestros compañeros de cuatro patas. Mi puerta de salida nunca fue la que daba a la calle. Era el vidrio que separaba el comedor y la cocina del patio rojo.

Una mañana de 1984, mientras jugaba en el patio, los adultos de mi familia estaban pegados a la TV. La señal no era clara, pero llegué a ver a través del vidrio algunas imágenes horrendas. Con el pasar de los años, las vi varias veces y supe que fue la sangrienta toma del penal El Sexto por un grupo de presos, que terminó en una carnicería. Así transcurría mi vida en ese espacio: entre dosis de cruda realidad, la música que nunca faltaba en casa, el piano pianola, los juegos y peleas a muerte entre hermanos, y un superhéroe llamado “Superchancho” que una vez aseguré y juré haber visto.

Con Alan García cambió todo. Presentía que las cosas no estaban bien. Los apagones casi diarios y los baños de luna en el patio se convertían en una práctica cada vez más frecuente. Una de mis hermanas dejó el país buscando eso que le dicen el sueño americano. Mi papá andaba más tiempo en casa. Y así, de pronto, llegó la mudanza. La casa vendida. Las caras tristes. Los motivos: económicos.

Antes de irme y con trece años cumplidos, enterré una carta con los deseos (supuestamente) de mi vida. Puedo recordar que entre varias líneas, de las que hoy me río y de algunas avergüenzo, escribí: “Voy ir a Cusco, a la Muralla China. Voy a ir al Palacio del Gobierno” (a Cusco fui muchas veces, a Palacio, como periodista, algunas, pero la Muralla y otros deseos son pendientes enterrados en el jardín).

El último día de mudanza, repasé la casa. Mi casa vacía. Entré al patio y arranque geranios que aún conservo secos y encogidos en un cuaderno escolar. Esa fue mi despedida.

Veinticinco años después, y a casi un mes de haber tocado ese timbre —lo recuerdo bien, pues era martes 13, —, pasó lo que esperaba. Recibí la llamada del señor X.

—Srta. Zeu, le habla el señor de la calle Zamora. He leído su mensaje.

—¿Cómo está? Gracias por devolverme la llamada… Mire, yo quisiera…

El señor X me interrumpió. Me dijo que me esperaba al día siguiente. Había vendido la casa y se encontraba sacando sus últimas cosas. Tenía que ir ya.

—Venga mañana a las 4 p.m.

—Ahí estaré. Gracias, gracias, gracias.

Llegué puntual. Toqué el timbre. El señor X me abrió la puerta. Le obsequié una libreta y le dije rápidamente que quería entrar al patio rojo. Que era un lugar especial para mí. Le aclaré que no me interesaba ir a la segunda planta ni a la azotea de la casa y que mi visita sería fugaz. Accedió.

Entré por el portón del garaje que se conectaba con la sala y el comedor de mi excasa. Tenía los ojos más abiertos que nunca y el corazón encendido. Al llegar a la puerta de vidrio que daba al patio, casi me desvanezco. Torres de cemento se lo  habían tragado casi todo. El piso y el jardín ni se veían. Fui buscando mi trinchera y no la encontré. Respiré hondamente. Me subí a un montículo de desmonte que mezclaba barro, ladrillos de la pared tumbada de la cocina, maleza y botellas. Contuve las lágrimas.

Me ubiqué cerca del punto donde recuerdo haber pasado la mayoría de momentos. Sentí el aire de los eucaliptos de los bosques que se encontraban tras mi casa. Levanté la mirada para ver las ventanas internas de la segunda planta. Estaban destruidas. Las de mis amigas vecinas estaban intactas. Era como verlas ahí hablando conmigo de una casa a otra. Una canción de la Sonora Matancera, que le gustaba a mi mamá, se oía a lo lejos. El coro decía algo así: “Yo fui candela, pero estoy retirado, mi amor… porque me siento de ti enamorado”. Luego el silencio se apoderó de todo. Saqué de mi bolso lapicero y papel, y escribí: “La ruta cambia, pero estoy en camino”. Lo iba a romper en pedacitos y lanzar al aire, pero me repetí varias veces: “Basta de cursilerías”.

Le pregunté al señor X, que me había acompañado hasta el patio, quién había comprado la casa. Me respondió que una notaría (“Qué aburrido”, pensé). Le pregunté también por qué casi la habían destrozado. Le hablé como si la casa fuese mía y como si él me debiese explicaciones. Y seguí preguntando por qué no vivió ahí. Me respondió que estaba muy solo para una casa de cuatro dormitorios y dos plantas. Que sus tres hijos vivían fuera de Lima. Su plan inicial fue vivir con ellos, pero un imponderable hizo que todo cambie. Miré con compasión al señor X y su soledad. Coincidentemente, un imponderable también hizo que mi familia dejará esa luminosa casa.

Bajé del montículo. Le di las gracias y un fuerte abrazo al señor X y me marché. Ya no quedaba ni un pedacito del patio rojo.

Texto: Cecilia Niezen

Ilustración: Orlando Arauco

 

Cecilia Niezen

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