Fui una misia en la U. de Lima, pero con todo, una privilegiada que tuvo opciones: estudiar en San Marcos, en la U. de Lima o en la PUCP. Quería letras. Opté por la U. de Lima. La experiencia de recategorización de pensiones de mi hermana mayor en la PUCP fue de terror. Tenía información que la U. de Lima era más flexible. Mi papá me ayudó inicialmente con el ingreso y los tres primeros ciclos, pero yo sabía que tendría que trabajar para poder pagarlos. Una familia de clase media numerosa y golpeada por los años ochenta no tenía los ingresos para tener hijos estudiando. De hecho, me tocaba trabajar pero agradezco a mi papá el esfuerzo para que empiece a estudiar.

Iba con tres soles diarios a la universidad. Tomaba una combi (la “S”) en Faucett que por suerte me dejaba en la puerta de la U. de Lima. En el trayecto se daban pequeñas luchas que nada se comparan con otras mencionadas por algunos colegas, pero para mí eran de sobrevivencia diaria. El pasaje universitario que se trataba de desconocer y el maltrato de los choferes y cobradores a los pasajeros era casi todos los días. Tras ese trayecto llegaba a un lugar bastante ajeno a lo que había vivido en el colegio y en mi barrio. Me costó acostumbrarme. Recuerdo el contraste entre los grupos de alumnos más pudientes de la universidad que llegaban en autos del año a sus apenas 18. Otros en combi con dos horas de viaje. En las horas libres, muchos iban a La Cabaña, un kiosko donde vendían panes con pollo, croissants, tartaletas y otras delicias que no bajaban de 6 soles. Y no lo digo con resentimiento. Era la imagen de la desigualdad.

La universidad reproducía la sociedad y sus brechas. Las manchas de los colegios. Los privilegios y las carencias que existen. Mi universidad no era, como se cree, la universidad de los ricos. Tampoco era la universidad más democrática ni la de las mentes brillantes. Primaba entre los alumnos (y disculparán la generalización), un pensamiento muy pragmático: desarrollar emprendimientos de todo tipo, formar negocios, trabajar en grandes empresas, incluso las familiares. Mi facultad, desde mi punto de vista, era como una cueva, un refugio que no tenía nada que ver con lo que pasaba allá afuera. Era el paraíso del cine, de buenas lecturas, de conversas interminables. 

Pero regresando al tema económico, yo no era -obviamente- la única misia de la U. de Lima haciendo malabares para chambear y pelear su escala de pensión o beca. Éramos muchísimos postulando a trabajos, tratando de quejarnos por las escalas que subían, lo cual era difícil en el planeta U. de Lima. Y sí, muchas veces sentí hambre y que me sonaba el estómago dentro de la universidad (seguro no soy la única). Llevaba mis panes, pero las jornadas eran taaan largas…. y es que a muchas universidades –creo- no les interesa si el alumno está todo el día. Incluso con orden de mérito bueno, elemento que te permitía elegir los mejores horarios y profesores, podías tener jornadas de 7 am a 8 pm, con 5 horas de “hueco”. Nos quedábamos en la universidad los que vivíamos lejísimos. Con dos soles que quedaban pues había que comer galletas y con suerte encontrabas a una señora que vendía unos panes con palta en la puerta de la universidad. 

Incluso dentro de una universidad privada me cuestionaba el por qué tenía que pagar por un derecho. Y en el caso de mi universidad, por qué te vendían hasta el aire. 

A mí me sacaron de exámenes finales varias veces por no estar al día en los pagos. Era frecuente que pague con retraso, sumando ingresos míos y familiares. No era la única. El roche público lo pasábamos varios. La dinámica era así. Entrabas a tu examen y acto seguido aparecía una persona de contabilidad y leía la lista de los deudores, no con código universitario. Leía nombres y apellidos (muchos amigos lo recordarán porque lo han vivido). Nos decían: deben acercarse a la oficina de Bienestar Social. Sí, en ese mismo momento que empezaba tu examen debías salir corriendo a explicar que no tenías plata para pagar pero que igual lo harías a final de ciclo porque sino era simple: no te matriculabas en el siguiente. Los profesores, los más buena onda que recuerdo, se negaban a que los alumnos salgan e incluso algunos peleaban con estas personas de contabilidad, pero era en vano. Se imponía el sistema y el billete. Recuerdo alguna vez que me sacaron de un examen y fui corriendo a Bienestar y hablé de mis derechos para que me regresen rápido. Ni tenía idea cuáles eran exactamente. Me sentía deudora, pero sabía que estaban humillándome y que eso estaba mal. Mi recategorización felizmente fue rápida. Más rápida que la de mi hermana. Pasé, creo, a una de las últimas letras del abecedario (pagas menos).

Además luché becas, trabajos y todo lo que pude, no necesariamente con éxito. En un momento pensé que no terminaría la universidad, pero conseguí un trabajo de practicante que me ayudó. Terminé mi carrera, aunque la terminé de pagar unos meses después y decidí no graduarme. No pasar por esa ceremonia porque me parecía algo hipócrita. Primero me dijeron que debía estar al día en el pago final para participar de ella. Yo alegué que la graduación era un acto simbólico y me dijeron que Ok, que no había problema y que me gradúe. Pero decidí no hacerlo de contreras.

Unos años después me licencié y tuve que pagar aproximadamente como 1000 soles. Fui sola a sustentar y regresé sola. La verdad es que me jodía mucho eso de pagar por todo. Después de estas quejas, debo decir que pasé los años más bonitos de mi vida en mi facultad. Conocí gente extraordinaria de todo lugar, amigos y amigas que son mis hermanos del alma. Cada uno en lo suyo. Gente muy honesta y sencilla que no se cree nada ni está dando cátedra de nada. Creo, sin embargo, que la universidad debería ser un espacio que brinde las mismas oportunidades a todos y todas. Un sistema que no discrimine. Que no lucre. Donde no se imponga la vara. La educación es un derecho y no deberíamos pagar por un derecho ni nadie debería lucrar con ello. En mi caso pude pagar (y lo agradezco) pero muchos jóvenes no pueden. Y en este mundo, el cartón vale mucho. Tal vez más de lo que debería. (La imagen es de hace dos años en un lugar emblemático: La Rampa de la Facultad de Comunicación). Precisión: terminé mi bachillerato a fines de los noventa y saqué mi licenciatura en 2006. Dicen que las cosas ya cambiaron (si es así, me alegro mucho). 

Cecilia Niezen

2 Comentarios

CÉSAR EMILIO MUNIVE MORALES 9 Abril, 2018 at 5:43 pm

Tú eras misia en la Universidad de Lima, nosotros éramos misios en la UNMSM y eso era casi surrealista. Vivíamos con mil carencias y había que lidiar con los soldados que nos miraban como si fuéramos terrucos, con los rastrillajes, las tomas de local, las huelgas y los esporádicos tiroteos que el ejercito desataba cuando se veía amenazado por alguna protesta. Realidades distintas desde diferentes esquinas en una misma ciudad, donde los que eran de clase media y los que no lo éramos, teníamos que luchar para estudiar. Vale la pena tu esfuerzo y entrega. Abrazo a la distancia.

    Cecilia Niezen 9 Abril, 2018 at 9:12 pm

    La UNMSM estaba a la vuelta de mi casa, así que recuerdo tanques y soldados aunque no he vivido lo que tú has pasado ni de lejos. He sido una privilegiada accediendo a educación privada. Fuera de mis molestias, me encantó mi carrera aunque me llega el lucro en la educación. Eso sí, como dices, realidades diferentes desde esquinas en una misma ciudad. Le tengo mucho cariño a la UNMSM. Ahí estudiaron mi padre, tíos, primos. Abrazo.

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